Empezó como un juego. Me gané como premio un arma en un torneo sin final. Ni siquiera me había anotado para participar y, de un día para otro, me vi jugando y luego ganando. Yo no sabía nada de armas, y rapidamente me encontré con que tenía una entre las manos. ¿Qué podía hacer? Miraba para todos lados y nadie me decía nada. Gritaba pero nadie era capaz de escucharme. Intenté explicar que no quería ese premio pero ya no había vuelta atrás.
Con el paso del tiempo se convirtió en mi mejor compañera y yo me convertí en su dueño. Sentía que, a veces, ella me quería contar su historia y yo la escuchaba como nunca antes había escuchado a alguien. Así fue como se formó una historia de la que nunca me voy a poder olvidar.
Pasaba el tiempo y el arma permanecía cargada, pero jamás la había usado. Esperaba a que se de la ocasión perfecta para estrenarla. Sin embargo, mis actitudes generaban cierto desprecio al hecho de sentirme su dueño. Por esto, pienso yo, que la relación se volvió una tortura para ambos.
La miraba y no podía creer que el tiempo nos haya cambiado tanto. Me dí cuenta que era momento de usarla y fue lo que hice. Las influencias externas me conducían a provocar el primer disparo o a guardarla en un cajón y no volver a verla jamás. Pero cuando el protagonista es el corazón, la cabeza no tiene nada que hacer. Las intenciones de que todo vuelva a ser como antes generaban un estado de tristeza inmenso de mi parte, y de su parte, no había mucho mas que culpa.
Llegó el momento de decidir, y yo, acostumbrado a ser el dueño, intentaba que mi opinión sea la única que valiese y que las cosas se hagan como yo quería. Pero conociendola, no era muy difícil darse cuenta que las decisiones importantes las iba a tomar ella, y que yo solamente lo iba a tener que aceptar de una u otra manera. Mientras tanto, yo no la había vuelto a tener entre mis manos hacia mucho tiempo. Había decidido guardarla en aquél cajón a la espera de abrirlo y que todo sea como antes.
Desesperado, corrí a buscarla. Era la noche indicada para tomarla y acabar con todo. No encontraba otra manera de resolver el problema si no era de esa forma, y no lograba comprender como el paso del tiempo podía causarnos tanto dolor. Cuando la volví a tener entre mis manos sentí que ya era inútil. Los años nos habían destruido a ambos y ya ninguno de los dos quería volver a aquella historia. Un profundo rechazo por parte de los dos que ya no se podía disimular.
Le saqué el seguro, la apoyé contra mi cabeza, cerré los ojos y me susurraron al oído:
-No estés nunca más.
Apreté el gatillo y, por suerte, hoy les puedo contar mi historia.